Sábado, 2003. Yo tenía una banda, y el plan del día era algo extremadamente simple: ir a Made in Brazil, ahí cerca del Ibirapuera, a comprar cuerdas, un parche y platillos para la batería. Yo al volante, la Guia 4 Rodas, la guía de rutas en papel de aquella época, abierta sobre las piernas, Raul Seixas en el reproductor de CD. Salimos antes del almuerzo. Iba a ser rapidito.
Nunca llegamos.
En algún momento leí mal el mapa. Pasé la página equivocada, busqué la entrada equivocada del índice, quién sabe, hasta hoy no lo sé. Y terminamos haciendo un verdadero city tour por São Paulo. Un barrio, después otro, buscando una calle que nunca aparecía. Al principio era gracioso, todos bromeando, cantando junto con Raul. Después los chistes se fueron acabando. Cuando me di cuenta ya era de noche y estábamos en Liberdade, faroles rojos por todos lados, como escena de Golpe en la pequeña China. Como a las ocho ya nadie aguantaba más. Encontramos la Marginal y volvimos a casa. Sin cuerdas, sin parche, sin platillos, con Raul cantando las mismas canciones de la ida.
Para mí lo que quedó fue el mal rato de ese día. Equivocar el camino como lo equivocamos sirvió de gran aprendizaje: quieras o no, en algún lugar de mi memoria cada calle quedó cristalizada, algo del tipo hmm, ya estuviste aquí, incluso veinte años después. Aprendemos de nuestros errores, y la experiencia no es más que vivir lo suficiente para cometer muchos.
Con el software era igual
Empecé a escribir código en esa época, en la materia de introducción a la computación, la MAC2166. Me pasaba las madrugadas en el laboratorio escribiendo los EPs (ejercicios de programación) que no compilaban (digamos que yo no era fan del lenguaje C, y los ;... siempre faltaban). Recuerden que esto era 2003. Nada de IDEs bonitas y llenas de color. Ahí era como los mayas: bloc de notas y compilar en la terminal de DOS.
Era una época muy parecida a aquel sábado: nada te avisaba en el momento en que te equivocabas de camino. Escribías durante semanas, juntabas todo al final, y solo ahí descubrías que habías ido para el lado equivocado. No había CI parpadeando en rojo, nadie hablaba de DevOps, no existía pipeline para avisarle a nadie. Entregabas y cruzabas los dedos: compiló, funcionó en mi máquina... ¡listo!
Después llegó Waze. Te pasas la salida, se queja, recalcula, y el error cuesta treinta segundos en vez de la noche entera. Con el código pasó lo mismo vía CI/CD: el pipeline te da un codazo mientras el desvío todavía es chico. Y ahora está la IA, que ni siquiera espera a que te equivoques. Le dices adónde quieres llegar y dibuja el camino al instante, más rápido de lo que yo tardaría en encontrar cualquier calle en el índice de la guía.
Hay una frase atribuida a Jimi Hendrix, cuyo origen hasta hoy no logré confirmar, en la que decía que tenía muchas canciones en la cabeza pero no tenía cómo pasarlas a la guitarra. Durante mucho tiempo fue así conmigo: siempre tuve muchas ideas en la cabeza, pero faltaba tiempo y conocimiento para materializarlas. Desarrollar con IA trasciende todo eso, porque ahora el tiempo y el conocimiento ya no son cuellos de botella.
Solo que hay un detalle
La guía no quería llegar a Made in Brazil. Waze tampoco quiere. La IA tampoco. (Está bien, con el montón de ads con los que nos bombardean, alguien de marketing de Made in Brazil va a querer empujarte hasta ahí... pero entendiste el punto al que quiero llegar.) El que quería las cuerdas era yo. En veintitrés años, ninguna herramienta aprendió a querer llegar a algún lado.
Y a la IA no le cuesta nada llevarte al lugar equivocado: el código sale limpio, organizado, funcionando, solo que construido sobre una premisa equivocada desde el principio. En 2003, lo que casi me salvó fue desconfiar en el momento en que los carteles dejaron de coincidir con el mapa. Hoy funciona igual. La ruta se volvió automática, y la desconfianza sigue siendo trabajo mío.
Me quedo con los dos
El sabio dice que lo importante no es el destino sino el viaje, pero con la gasolina por las nubes lo que uno quiere de verdad es llegar rápido. ¡Time is money! Yo quería las cuerdas, y andar ocho horas perdido no tiene nada de poético mientras está pasando (pregúntenle a mi mamá cómo fue ese día para ella jaja). Pero tampoco devolvería aquel día. El famoso city tour me mostró un São Paulo que no habría visto de otra forma. La banda se acabó, ni me acuerdo si después compramos las cuerdas. La historia quedó.
Raul cantaba que prefería ser una metamorfosis ambulante antes que tener aquella vieja opinión formada sobre todo. Las herramientas van a seguir cambiando, cada vez más rápido. Saber adónde quiero llegar sigue dependiendo de mí.