Tuve todas las oportunidades de volverme programador años antes de serlo, y rechacé cada una de ellas.
En los años 90, un amigo intentó enseñarme HTML. Me encogí de hombros. Después, otros sugirieron que aprendiera VBA, y luego JavaScript. Siempre dije que no, no porque no pudiera, sino porque no tenía un motivo de verdad. No había un problema frente a mí que realmente quisiera resolver con código. Sin eso, aprender a programar parecía aprender el idioma de un país que nunca planeaba visitar.
Manaos, un astillero y una hoja de cálculo en el límite
El punto de quiebre llegó cuando vivía en Manaos y manejaba mi propia empresa de ingeniería naval. Parte del trabajo era producir cálculos de estabilidad y la documentación crítica que viene con ellos, los papeles que certifican que una embarcación está segura para navegar. Lo hacía en Excel, y Excel estaba cediendo bajo el peso. Las hojas eran frágiles, lentas y estaban a una celda equivocada de un error serio.
Entonces, por fin, tenía un problema que quería resolver de verdad. Me senté y construí un software en VBA que automatizaba todo el proceso, los cálculos y la generación de los documentos. El resultado no fue sutil: las entregas salían unas tres veces más rápido, y mucho más precisas. Funcionó tan bien que empezaron a circular copias piratas de mi código por la región. Por más frustrante que fuera, fue también la señal más clara que había recibido de que había construido algo genuinamente útil.
No me enamoré de programar. Me enamoré de resolver un problema, y la programación resultó ser la herramienta.
El clic importa más que el diploma
Esa experiencia me convenció de algo en lo que todavía creo. Tener éxito en tech exige más que un bootcamp o una carrera universitaria. Ayudan, pero no aportan lo que de verdad te lleva: un clic genuino, ese impulso inquebrantable de aprender y seguir creciendo.
Aprendí a ver la diferencia rápido. Hay gente que sigue lo que está de moda, corriendo detrás del framework del momento porque todo el mundo lo hace. Y hay gente movida por entusiasmo genuino, que agarra una herramienta porque hay algo que quiere construir o arreglar. El segundo grupo llega más lejos, siempre. Los que solo siguen la moda se agotan cuando la moda cambia; los curiosos simplemente encuentran la próxima cosa que quieren entender.
Si estás indeciso sobre entrar en tech, mi consejo no es "inscríbete en un curso". Es "encuentra un problema que de verdad te importe y deja que te arrastre". Así fue como un ingeniero naval terminó escribiendo software para vivir, y nunca más miró atrás.
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